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Y fue hermoso, la felicidad con patas

Un pedacito de magia, sonrisas por kilos
caras de baba y cosquillas en la guata.
Fue raro porque no te vimos exactamente en el momento en que saliste de la guata de tu mami, pero te sentimos y cuando levantamos la mirada estabas ahí, todo morado (porque así nacen todos los bebés), con los ojos increíblemente abiertos. Es lo que más presente tenemos, y claro, no nos queda otra más que apelar a la memoria porque fue todo tan rápido y tu papi es tan torpe que no alcanzó a preparar la cámara para grabar. Pero eso es un detalle, en nuestra memoria tenías los ojos abiertos, bien abiertos, y te quedaste mirando a tu mamá, con cara de seriedad, casi como pensando "por qué me molestan, déjenme seguir durmiendo en la guata!!". Fue lindo, tu mami te abrazó, y yo abracé a tu mami, éramos sólo nosotros tres, todo el equipo de médicos y gente al rededor o estaban callados o mi memoria los bloqueó, me acuerdo que éramos sólo los tres, reconociéndonos, hablando telepáticamente, en otra parte.
Como recién habías nacido, las enfermeras te tenían que ir a limpiar y hacer todos los procedimientos de un recién nacido, mientras a tu mami la atendían y la dejaban descansar un poco, porque aunque soy hombre y difícilmente viviré un parto algún día, me imagino que debe ser agotador ese momento en que tu hijo nace. Así que ahí dejamos a tu mami, y fuimos a ver como te limpiaban y te medían y pesaban. Después de eso, de vuelta donde la mami, para abrazarla un ratito más y regalonearla y que la disfrutaras en tus primeros minutos de vida.
Pasó un rato así, donde volvimos a estar los tres, tú ya con más carita de tuto y tus papis con no sé qué cara, no me acuerdo, la verdad estábamos pendientes de tí, estabas en nuestros brazos, nuestro pequeño, en los brazos de tu mamá y tu papá. Yo sé que para tí eso debe sonar a lo más normal del mundo, pero después de "verte" siete meses y medio en la guata de tu mami, de sentir tus patadas a través de su piel, o de verte por ecografías, la ansiedad de verte en persona ya era enorme.
Y así volvimos a la sala donde te midieron y pesaron, y dejamos nuevamente a tu mami para que la terminaran de atender los doctores. En la salita te terminaron de vestir y me dejaron tomarte en brazos. Siempre, desde que tomé consciencia de que algún día iba a ser papá, pensé que me iba a acobardar al momento de tenerte en brazos, que no iba a ser capaz de afirmarte la cabecita o que mi torpeza maestra te iba a pasar a llevar o qué sé yo, me daba nervio imaginarme a un bebé pequeñito en mis brazos largos y flacuchentos. Pero nones, se me olvidó toda esa imagen y te tomé como un padre valiente y orgulloso, justo en ese momento abrieron la ventanilla por la que toda la familia te podía mirar. Y ahí estaban todos todos, con cara de sorpresa dilatada por seis horas, y más que distinguir caras, yo distinguía sonrisas, como si el oxígeno se hubiera convertido en un montón de colores, y todos respiraban en tonos fuertes, alegres y nítidos. Eso pasa cuando se respira felicidad. Por lo menos eso veía yo a través de la ventanilla, las pocas veces que miraba porque la verdad estaba tan concentrado mirándote y admirándote que muy poco me detuve a posar para sus cámaras.

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