Todo iba bien, todo parecía seguir con total normalidad, era un embarazo como todos, incluso con buenos números y pintaba a que todo seguiría en orden. Ve tú a saber por qué, hijo, pero al parecer moviste tus manitos y las energías para que todo se adelantara, nos pillaste de sorpresa, te esperábamos, sí, cada día más ansiosos, pero aún quedaban unas cuantas semanas para que llegaras. No habíamos comprado tu coche, tus cosas para la pieza, ni siquiera tu primera ropa. Como verás son todas trivialidades que en nada empañaron la felicidad que nos diste cuando escuchamos tu voz por primera vez, que se oía suave, más despacio que en las películas, pero aún así parecía que tenías ganas de decirle a todos los doctores que estabas aquí, que eras un niño grande, con tus pulmones funcionando a toda máquina.
Fue en la mañana, tu papá despertó con esa prisa inconsciente de todos los días, medio despierto y tres cuartos dormido, tu mamá, en silencio, con esa energía y vigor con que suele despertarse, se levantó, sentí sus pasos, una puerta que se cerró, y empujada por unos 120 segundos se volvió a abrir. Yo estaba escondido en la cocina, como siempre, luchando contra los cuchillos de la casa, esos que tienen un filo enamorado de mis dedos y seguramente tirando un par de cucharas al basurero, y tratando de hacer desayuno. Tu mamá, a diferencia de otros días, sólo me dijo "Ven!", con una voz que tenía pinta de urgencia.
Así empezó la travesía, salimos de la casa, llegamos a una clínica, después a otra y después a una pieza semicircular, con luces tenues, silenciosa y llena de máquinas raras. Estaba todo bien, un par de contracciones y nada que no tuviera solución, al parecer mi pequeño Félix no quería esperar más tiempo, impaciente, igual que como estaban sus papis, estaba empezando a hurgar en su nido y encontró los botones para la salida de emergencia. Un par de días en la clínica, sin moverse, con un par de remedios y mucho cuidado, y tu mami se podría ir a la casa a seguir descansando y esperar a que al Félix le diera por apretar los botones de nuevo.
Y volvimos a la casa, fue larga la espera, estámos cansados, pero volvimos y dormimos como caracoles. Te diría que dormimos un par de días, pero no fue así, aunque seguramente el descanso fue equivalente.
No alcanzaron a pasar dos días, y tu mami se empezó a sentir rara, podían ser contracciones o tu cabecita aprentándole alguna parte, en fin, ya como expertos, derecho a la clínica, pensando que no era nada grave y que seguramente tendríamos que estar un par de días más allá.
Y llegaron los fuegos artificiales, pasaron como seis horas, que no se notaron, todos espectantes, tus abuelos, tus tías y tíos, tus primos, entre silencios eternos, entre risas nerviosas, sillones incómodos, y la felicidad de todos, contenida en el vientre de tu madre.
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