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Bienvenida a tu casa

Con un suspiro orgásmico en una noche de mayo empezaste tu camino.

Te vimos crecer en la panza de mamá,  te vimos apretar botones que le generaban toda clase de cosas extrañas (mareos, antojos, en alguna luna llena la oímos aullar como lobo, hubo una noche en que se puso a volar dormida por el patio, o mi favorita,  cuando dibujó cuatro corazones amarrados en un muro de la casa). Te vimos crecer y te disfrutamos, nos imaginábamos cuando llegaras, y por supuesto,  le dimos un millón de vueltas antes de decidir cómo sería.

En casa, pensamos. En casa, volvimos a pensar. Sonaba tan lógico,  que no nos acostumbrábamos a la idea de que fuera distinto. En casa sería.

Con el tiempo (espero) aprenderás que la lógica de tu mundo dentro de casa tiene muchos puntos discordantes con la lógica de afuera.  Para nosotros no había que pensarlo mucho, para el resto haría falta energía divina y explicaciones interminables, por eso decidimos  no contarle a nadie. Para que esto resultara mamá debía estar tranquila,  sentirse segura en el nido que preparábamos, lo que menos necesitábamos eran cuestionamientos, más aun si nosotros mismos estábamos llenos de nervios y ansiedad. Como la canción,  basta una lágrima que caiga, para que mil estrellas salgan a juzgarte.

Así fue que nos informamos y buscamos a personas que compartieran nuestra idea, y mejor aún, que tuvieran experiencia. Coincidió que fueron tres mujeres, algo así como tres reinas magas que estarían en casa el día que llegaras. Que nos ayudarían y asistirían, y sobretodo, darían a mamá la seguridad de que estaría todo bien y en buenas manos.

Te esperábamos hace meses, ya nos comía la ansiedad de tomarte en brazos, y por fin apretaste el botón de salida,  fue un viernes en la tarde, con no mucho calor. Fue uno de esos días que te cambian la vida.

Cuando llegué a casa tu mami ya intuía que era el momento,  así que me mandó a dormir para que tuviera energía en la noche que se nos venía.

La verdad no opuse mucha resistencia a la idea de tu madre, y con toda la obediencia del mundo me fui a dormir.

A eso de las dos de la mañana, con una oscuridad interrumpida por un par de ampolletas de otra pieza, tu mamá me despertó.  Tampoco puse mucha resistencia esta vez, y me incorporé de la cama obediente. Ordené y alisté todo lo programado, y hablaba con tu mami cada dos minutos para saber si necesitaba algo.

Como a las tres ya era difícil hablar con tu mami, las contracciones ya eran constantes y fuertes, así que mamá usaba toda su energía en concentrarse, por lo mismo, había entre 30 y 60 segundos en los que podía preguntarle algo y tener respuesta,  cuando pasaba este tiempo, se devolvía a su estado de trance y no existía nada más en el mundo que ustedes dos.

A las 3.30 app, llegaron los refuerzos. Ahí me sentí bastante más tranquilo y creo que mamá  también. Tenía la idea de que ellas llegarían  y nos dirían qué hacer (porque yo la verdad, no atinaba a mucho más que preparar café), pero nos dejaron seguir en nuestra intimidad, y que hiciéramos lo que sintiéramos.

Tu mamá se instaló en el hall del segundo piso, con una pelota de pilates y una toalla. Pusimos la estufa, le puse un guatero, le traía agua. Intentaba hablarle pero cada vez eran menos sus segundos de lucidez.

Creo que pasaron como 20 minutos y las contracciones aumentaban la intensidad, tu mamá gemía cada vez más fuerte, con una voz entre dolor y placer. Se movía cadenciosamente y parecía que conforme se hacían mayores las contracciones,  más sensuales se volvían sus movimientos. A tu mamá  le llega el garbo hasta las orejas, tiene una facilidad y libertad corporal que resultan fascinantes, y nunca me imaginé que el trabajo de parto podría tener esa dimensión. Yo la miraba e intentaba aliviar sus dolores con algún masaje,  pero la verdad no sé si aportaba mucho.

Yo estaba entusiasmado y cada vez menos nervioso, al mirar a tu mamá daba la impresión de que todo estaba perfecto, aun cuando no se podía ser indiferente a sus expresiones de dolor, cada vez más evidentes, pero como venían junto con su voz hablándote, resultaba todo muy emocionante.

"Ven mi bebé", "ven mi princesa ", "acá está mamá", sonaban aleatoriamente desde la boca de tu madre, o desde alguna parte misteriosa dentro de su cuerpo,  porque su voz era más  profunda y contenida, y parecía comprimirse y alargarse entre sílabas, como si gastara toneladas de energía para armar una frase. Había tanta dulzura en su mirada,  que se te olvidaba por un rato que también dolía, hasta la contracción siguiente, donde volvían sus movimientos,  sus gemidos, sus frases y sus miradas, todo junto,  una y otra vez.

En eso despertó el Félix,  claro,  el volumen de mamá aumentaba y al menos yo, no me daba cuenta. Pero tu hermano, que estaba en la pieza de los papás,  sí se dio cuenta, y nos llamó. Al principio siguiendo el rito de todas las noches, un poco adormilado y desorientado, cuando me vio se tranquilizó y se acostó para seguir durmiendo.  Pero a los pocos segundos tu mamá volvió a hablar, y tu hermano me preguntó qué pasaba.

"Viene tu hermana, hijo. Va a nacer la Leo".

"Va a nacer la Leito?", repitió. Y nada más.

Y después de eso se echó a dormir de nuevo, yo me acosté con él e intenté hacerlo dormir. Pero era difícil pensar en dormir con la performance de mamá fuera de la pieza. Él la escuchó,  y se debe haber preocupado, porque sacó la voz mas tierna de su repertorio para decirme: "papá,  por qué  no vas donde mamá? Parece que necesita ayuda" (y me derretí).

Y ahí partí yo, con el pecho inflado entre cosquillas , escalofríos y piel erizada. Era un festival de tantas emociones en una sola noche que yo ya tenía el corazón mareado. Debe haber sido por eso que lo que vino después se me diluye en la memoria.

Me acuerdo que fui a ver a mamá,  y ella decía,  ya sin contenerse:

"Ya viene, la siento, se ve?". Nada se veía, y yo ya me preparaba para una noche más y más larga. Tu mamá apretaba mi mano, fuerte, y aunque sus uñas llegaban bien adentro en mi mano, yo no podía concentrarme en nada que no fuera su propio dolor. Ahí volvió a despertar el Félix, y yo partí a verlo, me quedé con él un rato,  y en eso tu mamá se cambió de lugar. Se metió al baño mientras yo me quedaba con el Félix.

Ese fue el rato de los gritos más fuertes. Como le habíamos dado tantas vueltas al parto teníamos claro que todo pasaría de acuerdo como mamá se fuera sintiendo,  y que por mucho que preparáramos todo el escenario, al final todo sería en función de su comodidad. Pero también sabíamos que era un parto, que tendría dolor, nervios, gritos, sangre y todo lo demás. Por eso creo que no me inmuté demasiado cuando escuché esos gritos desde tu mamá. Lo único que me preocupaba era que tenía la sensación de que faltaba mucho,  al menos un par de horas, y si ahora dolía así, en las horas siguientes íbamos a necesitar mucha energía para contenerla.

Nuevamente tu hermano me pidió que fuera a ver a mamá,  así que entré al baño y fui a ver qué podría hacer.

Estaba en la tina, si hubiera estado sentada el agua le hubiera llegado al ombligo, pero parece que esa posición no le acomodó  mucho así que se arrodilló, después se inclinó hasta quedar apoyada en sus manos y rodillas dentro de la tina. Estaba muy adolorida, seguía hablándote con la ternura que le quedaba entre contracciones.

De pronto intentó ponerse de pie,  no le gustó. Se inclinó de nuevo, pero esta vez sus manos se apoyaron en la orilla de la tina. Tampoco le acomodó. Después levantó una pierna y apoyo una de sus rodillas también en la orilla de la tina, la Pame dejó que el agua se fuera.

Ahí empezó a preguntar si se veía, si se sentía su cabecita.

La Pame decía que aún nada, y mamá me apretaba la mano. En eso se movió y parecía que se iba a caer fuera de la tina, yo, de pie fuera de la tina, puse mi cuerpo para afirmarla, mientras intentaba susurrarle que estuviera tranquila,  que iba bien, pero no me escuchaba, solo repetía "se ve, la siento, viene mi bebé ".

Yo me empezaba a poner más nervioso,  sentía que no estábamos avanzando, que faltaba mucho y que mamá ya no la estaba pasando bien.

Ahí habló la Pame: "toqué su pelito, su cabecita, ahí está!!!"

Tu mamá se relajó, en realidad todos nos relajamos, no habíamos entrado en pánico ni mucho menos, pero ya nos comía la ansiedad de no sentir algo pronto. En eso pensaba yo, cuando tu mami empezó a moverse con intención de tocarte también.

La Pame dijo "yo la tengo, tranquila, yo la tengo bien agarradita".

Tu mamá acercó sus manos para tocarte, tu cabeza había empezado a salir, y tu mami intentó erguirse. Como te dije recién, a estas alturas mi memoria es intermitente,  sólo me recuerdo estirando mi mano también  y tocando tu cabecita,  muy húmeda y pegajosa, al tiempo que te oíamos por primera vez. Algo dijo tu mamá,  algo la Pame, la Magda, la Yenni, hasta el Félix.

Todos hablaron y tu llorabas con todos tus pequeños pulmones. Entre la Pame y mamá  hicieron un par de acrobacias para que pasaras de estar bajo  mamá a estar en su pecho, ella estaba sentada en la tina, conteniéndote en un abrazo enorme,  con su mejor cara de felicidad, con la más extenuada y orgullosa de sus caras de felicidad. Yo me senté al lado y te vi, y te miramos con mamá, y te dimos la bienvenida con tanta emoción que parecía que éramos nosotros los recién llegados al mundo.

El Félix se hizo presente y partí a buscarlo. Al principio sin entender (y yo creo que un poco dormido), sentado en mis piernas mientras te mirábamos entre todos.

Ese momento debe haber durado menos de 10 segundos, tú no abriste demasiado tus ojos, había poca luz y pocas palabras, mucha humedad y ya lo último de energía.

En ese momento el Félix quiso irse así que las dejamos solas, enamorándose y contándose quizás qué secreto ancestral.

Un día más en nuestra historia en que la magia se viste de naturaleza, un día más en que tu mamá me conquista desde las entrañas. Tu primer día, el primero de tus días nuevos, y aunque en mi calidad de hombre (y espectador) jamás podría rescatar toda la belleza de estas horas, sólo puedo darles las gracias, a ti y a mamá, por marcar de leche, sangre y luz un nueve de enero, como te dije, fue uno de esos días en que te cambian la vida.

Bienvenida a tu casa.

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