Ellos hacen que todo brille.
No son la luz de mis ojos ni la razón para levantarme cada día.
Tampoco es que sus abrazos hagan que todo en la vida valga la pena.
Pero sí hacen que todo brille.
Verlos, reírnos, abrazarlos. No hay nada que se le parezca.
La alegría desproporcionada que les brota en cada pequeño acto cotidiano. Su inocencia en dos de cada tres cargadísima de caritas felices y ternuras.
Les sale solo, nada más por respirar, tienen una energía infinita para estas cosas. Y encima les sobra para hacer que mi mundo brille.
Ese mundo que ya no es inocente, que es agotador e intermitente, en donde cada carcajada factura en angustias, ansiedades y otras cuantas emociones oscuras.
Mi adultez se alimenta injustamente de su infancia. Me sirvo a platos llenos su afecto, sus gracias de niños felices, sus palabras inventadas.
Los días de mierda se me olvidan en el escenario de la paternidad. Cuando me toca mi rol de papá, no me queda más que sacarme esa pesada mochila de adulto jodido, y me sale el ser humano conmovido por su amor infantil.
Su existencia simple me tira y empuja, me obliga a no olvidarme de ser feliz, a recordar que después de las buenas noches me toca hacerme cargo de mí, porque en algún momento dejarán de brillar, y ahí deberá estar papi para devolverlo todo.
No son la luz de mis ojos ni la razón para levantarme cada día.
Tampoco es que sus abrazos hagan que todo en la vida valga la pena.
Pero sí hacen que todo brille.
Verlos, reírnos, abrazarlos. No hay nada que se le parezca.
La alegría desproporcionada que les brota en cada pequeño acto cotidiano. Su inocencia en dos de cada tres cargadísima de caritas felices y ternuras.
Les sale solo, nada más por respirar, tienen una energía infinita para estas cosas. Y encima les sobra para hacer que mi mundo brille.
Ese mundo que ya no es inocente, que es agotador e intermitente, en donde cada carcajada factura en angustias, ansiedades y otras cuantas emociones oscuras.
Mi adultez se alimenta injustamente de su infancia. Me sirvo a platos llenos su afecto, sus gracias de niños felices, sus palabras inventadas.
Los días de mierda se me olvidan en el escenario de la paternidad. Cuando me toca mi rol de papá, no me queda más que sacarme esa pesada mochila de adulto jodido, y me sale el ser humano conmovido por su amor infantil.
Su existencia simple me tira y empuja, me obliga a no olvidarme de ser feliz, a recordar que después de las buenas noches me toca hacerme cargo de mí, porque en algún momento dejarán de brillar, y ahí deberá estar papi para devolverlo todo.
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