La segunda vez que detuvimos el tiempo
fue cuando tenías 4 meses.
Estabas en mis brazos mientras
tu mamá lavaba los platos,
escuchábamos a los Beatles
y yo te cantaba y me movía intentando bailar.
Llevábamos un buen rato así,
y tú estabas muy quieto, no enojado
pero seguramente mi entonación perfecta
te tenía desconcertado (jajajá).
El punto es que hubo un silencio entre dos canciones,
y mientras empezaba la siguiente
y yo me preparaba para canturrear,
diste vuelta tu cabecita y me miraste,
con una sonrisa fuerte
que mis ojos babosos convirtieron en complicidad.
Capaz que sólo te haya parecido de repente
graciosa mi prominente nariz,
o mi voz desafinada al ritmo de los Beatles,
o sólo mi ridícula cara feliz
pero no tiene importancia
Nosotros nos sintonizamos las mentes
en la misma frecuencia
y compartimos un momento de historia
que duró una canción y dos mundos,
o quizás no fueron más que cinco segundos,
pero quedó grabado en mi memoria
como una bomba atómica,
como la primera bomba atómica de mi vida.
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