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Nunca es suficiente

Sin ningún ánimo de recibir recompensas, he intentado disfrutar a los cabros chicos tanto como haya sido posible, y los he tratado de mantener en una montaña rusa olvidando a veces que también necesitan descansar, inspirar y expirar, como me explicaste anoche. Los quiero ver sonreír o carcajear en todo momento, y con ese fin intento que sólo la pasen bien, al menos con esa intención comienzan mis días. Pero invariablemente, todos los días llegan a un punto en que la energía se me acaba y ya nos los aguanto (Te doy Dios, quieres más). Se me va la paciencia lejos y ya me dedico a pasar los ratos difíciles retándolos por esto y por lo otro, y esforzándome por recordar que son niños y que están aprendiendo y que están cansados y qué sé yo.

Pero nunca, nunca será suficiente. Puedo plantar esta sentencia con toda propiedad porque en este largo período he visto que es efectivamente así, con un niño de 6 y una niña de 2. O bien, con mi propia experiencia como hijo, los padres siempre hacen algo mal, algo que no les perdonaremos y que podrían haber hecho de otra manera.

Cuando escucho que sólo una sonrisa es suficiente, que al final todo el esfuerzo y cansancio vale la pena, que un abrazo o un te quiero papi son la meta en este camino tan, pero tan empinado, cuando pasa todo eso, no hago más que sentirme incómodo, principalmente porque creo que no es más que una mentira piadosa.

Por favor, que no se malinterprete, me encanta ser padre y antes de cualquier cosa en la vida, amo a mis hijos. Pero creo que es una mentira porque no sé si efectivamente, en una balanza pesen igual las sonrisas, los abrazos y los te quiero, que los llantos, las caritas de frustración, y el miedo (sensible y latente) de que en cualquier momento les pueda pasar algo, la conciencia de que son tan indefensos y es tan fácil quebrarlos, que desde que uno se vuelve padre, es imposible volver a dormir con la tranquilidad pura que daba su inexistencia.

Acá también podría pasármela enumerando una tras otra, las pros y las contras, pero no lo veo necesario, sobretodo porque estoy muy convencido de que ese miedo pesa más que todo lo demás junto. En términos simples, una sonrisa no dura más de 5 segundos, un ataque de risa 30 quizás, pero este miedo del que hablo probablemente dure toda la vida.

Volviendo a la mentira piadosa, me parece que es un argumento que sirve para convencerse de que todos los esfuerzos valen la pena, para guardarse una foto como trofeo y recordar cada vez que no importa cuán extensa sea su inconformidad, hubo o habrá otra sonrisa que resetee todo y nos levante para seguir 24-7 en este trabajo interminable.

Tengo que insistir, me encanta ser padre, y por sobre todo amo a mis hijos. Pero es difícil llegar a entender por uno mismo que esto de la paternidad no está sujeto (o no debiera) a epítetos de esa dimensión. Es que me pasa que escucho a la gente hablar acerca de ser padre con la misma entonación y desparpajo con el que hablan de ser profesional, de conocer al amor de tu vida, de comprarte una casa y bla bla. Quiero decir que se mete en la misma categoría el ser madre y padre con casarse, con alcanzar la estabilidad económica, con realizarse como personas y otras similares, al punto de confundirnos a todos con que la paternidad debe satisfacernos, o debe entregarnos una recompensa, o que es un paso más hacia la ansiada felicidad. Cosas que sí ocurren con la casa, el auto, el amor, la comida, la música y tantos otros de los que recibimos una respuesta en forma de recompensa.

A mí no me parece. Que tengamos un instinto sexual que se ha exacerbado y trasmutado con la historia humana, o que sea pura biología, o la naturaleza racional del ser humano. Vaya uno a saber, el punto es que tener hijos no me calza con toda la metafísica que se dedica a parlotear sobre el Yo. El desarrollo de los niños es independiente desde antes de nacer, su universo, sus vidas pasadas (en una de esas) su trasfondo y sus circunstancias, todo será diferente de los padres, incontrolable e impredecible. No veo por qué yo le debo a mis padres un premio, más allá de un profundo amor y agradecimiento, por haberme tenido, educado, criado y cuidado tantos años. No encuentro en mi vida el momento en que nace en mí ese premio para ellos, y de la misma forma, supongo que aunque le ponga toda la energía del mundo, a mis hijos no les nacerá del pecho un trofeo para que su papá reciba la recompensa que cree merecer.

No tiene sentido, aunque uno quiera que lo tenga, no tiene sentido. Las palabras y las satisfacciones tiene la cualidad de ser instantáneas, efímeras. La paternidad, como tantas otras cosas en la vida, tiene una extensión diferente, por lo que estos adjetivos vienen a ser nada más que chispas en un oscuro y gigantesco agujero negro (o verde, o azul, o arcoíris, para que no suene a tragedia). Por tanto me parece insensato querer justificar los momentos ingratos con que al final, un abrazo lo paga todo, sólo porque no queremos asumir, como padres y madres, que nuestra función diaria e interminable, la que nos ocupa la mayor parte de nuestra jornada, no viene de la mano de un reconocimiento al mérito y la dedicación. Porque la satisfacción que podría llegar a sentirse en este trabajo será siempre propia, no tendrá como punto de partida al usuario de nuestro servicio, seremos nosotros mismos los que intentemos transcribir sus gestos y palabras para convertirlas en galvarinos al final de cada día.

Por eso es un error querer que todo se justifique, y también lo es pensar que podremos llegar al punto en que nuestro esfuerzo será suficiente. Y menos mal, porque mirándolo así, no tiene por qué justificarse y sobre todo, no tiene por qué ser suficiente.

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